La estrella sucumbe al hechizo del Sevilla y no libra al Barça de una noche de desgracias
Una eternidad. Una larguísima espera, minutos y más minutos, con el Camp Nou coreando su nombre. «Messi, Messi». Y Leo ahí solo, en el punto de penalti, con la pelota en la mano, mientras los dos equipos andaban enredados en una tangana, con Kanouté ejerciendo de buscavidas. Y, otra vez, el grito: «Messi, Mesi». Y Leo, que ya llevaba muchos minutos con la cabeza en otra parte, desconocido, ahí solo. Tal vez, no era el día para asumir esa presión. Pero Messi no se esconde. Cómo va a escurrir el bulto. Él menos que nadie. Y entonces, chutó. Y no ocurrió lo de siempre. Ocurrió que Messi falló. Sí, suena raro. Messi falló, cuesta de creer, y el Barça se dejó dos puntos y el liderato.

El Camp Nou se quedó en silencio, como si esperara que volviera a repetirse esa película, y el final fuera distinto. Pero no. Entonces, se escuchó otra vez el mismo grito. «Messi, Messi». Un gesto de ánimo en medio del bajón general. El primer penalti de la temporada que le pitan al Barça y no sirvió para resolver un partido lleno de desgracia. Como si no hubiera tenido bastante con el embrujo de aquella noche en el Sánchez Pizjuán, que apartó al Barça de la Copa del Rey, con Palop volando de palo a palo, al Sevilla se le apareció otra vez la misma Virgen y Varas cumplió el papel de Palop. Esta vez, en el Camp Nou. Y le libró del único final que merecía mientras condenaba al Barça sin piedad, ajena a los muchos méritos que hizo para llevarse el partido. Ni siquiera el aliento del Camp Nou sirvió para driblar ese hechizo, que acabó incluso afectando a quien está siempre por encima de todo: Messi. Antes del penalti, ya no parecía él y, desde los 11 metros, certificó una de sus peores noches.
EL MADRID, CON PASO FIRME / En el último minuto, en el tiempo añadido, el Barça tuvo en la mano ganarse lo que durante 90 minutos buscó sin cesar. Tuvo un sinfín de ocasiones pero, una y otra vez, se estrelló contra todo. Ahora Varas, ahora una pierna, ahora el poste, ahora medio metro de más o de menos... Demasiado injusto, pero suficiente para ver pasar delante al Madrid.
Desde el triste empate en Santander, desde ese cambio de estilo que dicen se impuso en el vestuario, con la intercesión ante Mourinho del grupo de los españoles, el Madrid marcha a paso firme. Los números son espectaculares: 6 victorias, con 25 goles a favor y 3 en contra.
El equipo ha dejado de lado el histerismo que le acompañaba y se ha dedicado a jugar. A su manera, por una camino muy distinto al del Barça, pero con una eficacia imponente. Mourinho ha seguido lanzando mensajes a su gran enemigo, pero ha bajado la voz y ahora se escucha más la del equipo. Cualquier día puede volver a las andadas, pero de momento esa paz interior, más o menos artificial, da resultado.
Ayer, en un escenario aparentemente peligroso, agitado por el menosprecio de Mourinho, el Madrid se paseó de principio a fin, tal que fuera un entrenamiento. El Málaga de Pellegrini se deshizo en un santiamén y al Madrid se le abrió un cómodo pasillo y por ahí se colaron como quisieron (0-4), primero Higuaín y después tres veces Ronaldo, otra vez sonriente y feliz por haber engordado su estadística. Una excusa más para dar rienda suelta a su humildad. «No me llevo el balón del partido porque ya no tengo espacio», dijo. Hay cosas que no cambian ni cambiarán.
MALAS ARTES DE KANOUTÉ / El Sevilla no tiene jeque, y ha perdido un montón de nombres en su renovación, pero mantiene su espíritu competitivo. Y más frente al Barça. Marcelino dice que el Barça le aburre: que tanto pase y tanto toque, le cansa. Que el objetivo del juego es el gol y que cuanto antes llegues al final del camino, mejor. Desde luego, su equipo no se entretiene mucho. Va en línea recta. Eso sí, atacar, atacó poco. Tuvo una ocasión, y gracias, Un punta arriba y todos a defender. Y, al final, malas artes. Como las de Kanouté desplazando el balón en el penalti mientras Messi esperaba y esperaba. Ahí, él solo. Y falló. «Messi, Messi».